Ver una película y mirar el móvil son dos acciones que antes parecían impensables. Esto es lo que sucede en pleno siglo XXI
El cine siempre ha sido plato de buen gusto para un amplio segmento de la población. Una de las representaciones más extendidas de la conocida como cultura popular y cuyo barato y ahora más que nunca inmediato acceso ha provocado que sean muchos los que encuentren en el visionado de una película su forma predilecta de desconectar durante un par de horas de su agotadora rutina diaria para relajarse y sumergirse en una trama.
Sin embargo, ver una película parece haber chocado con un iceberg con el que hace años jamás habría contado. Y es que la cultura de la inmediatez está obligando a las empresas a adaptarse a unos tiempos fulgurantes en los que los estímulos rápidos, casi fugaces, están a la orden del día. Las novelas han sido denostadas por su ritmo pausado y las películas parecen seguir el mismo camino: la mayoría de los jóvenes no puede ver una película completa sin comprobar su teléfono móvil al menos un par de veces.
Y no solo estamos hablando de un individuo cualquiera arrellanado en el sofá de su casa mientras pulsa distraídamente los botones del mando a distancia en busca de alguna película que echarse a la boca. También nos referimos a las salas de cine, en las que uno puede entretenerse contando las personas que tienen delante de sus ojos una pantalla iluminada y no precisamente durante la publicidad previa a la proyección, sino durante la propia proyección. Un problema que se ha hecho cada vez más preocupante desde la irrupción en la escena cotidiana de las redes sociales y las consecuencias e influencia que estas tienen en nuestro día a día.
Por supuesto, este problema no solo ha sido esgrimido por los más acérrimos aficionados del séptimo arte, sino también por especialistas en salud, que alegan que la continua comprobación del móvil puede tener efectos adversos sobre nuestro bienestar. Empezando por la falta de concentración.
Es de cajón: resulta imposible concentrarse en los matices de los diálogos, en el transcurso del guion o en las interpretaciones de los actores si cada par de escenas el espectador está mirando el móvil. Y no digamos ya esas películas de tramas complejas en las que cada gesto parece determinante para entender le final de la historia. Una cuestión que nos afecta a todos, que ya ha dado al traste con la literatura y que va camino de arrastrar también la belleza del cine.
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